domingo, 29 de agosto de 2010

Primeros cinco años

Nací en el seno de una familia humilde. Mi padre y mi madre empezaron económicamente desde cero o si me apuras desde menos cero. Tenían que dar dinero en sus casa incluso después de emancipados. Yo creo que tener no tenían que hacerlo, otra cosa es que estaban programados por mis abuelos para hacerlo a cambio de seguir siendo aceptados como hijos. El hecho es que cuando yo nací mis padres se fueron a vivir a casa de mi abuela porque el piso que habían empezado a comprar aún no estaba acabado. Desde bien pronto yo aprendí una de las palabras más negativas de mi vida, la palabra hipoteca. Mis padres firmaron una hipoteca para pagar una casa que no estaba acabada al casarse y eso que la constructura parecía seria. No obstante, tan pronto tuvieron las llaves aunque el piso no tenía aún ciertas comodidades como agua y luz, mis padres se fueron a vivir a él. Bueno en realidad no sé si es que no tenían luz y agua sí pero había restricciones o algún tema por el estilo. Sin embargo mis padres como dicen muchos chistes, podían alimentarse del amor. Así llegué yo al mundo. No nací en Móstoles, que es el pueblo donde mis padres se marcharon a vivir porque según mi madre ella prefería que su hija naciese en Madrid. De modo que el último mes de embarazo lo pasó en casa de sus padres, mi abuela Teresa, a la que mi madre llamaba antes de morir, por supuesto, histérica lista, y mi abuelo Laureano, al que mi madre llamaba, debil de carácter y que yo llamo abusador de menores. Pero eso tendrá su explicación más adelante. Desde luego... como suelen decir algunos programas de televisión, al que se le pueda herir su sensibilidad facilmente que no siga leyendo. O que no lea más allás de mis primeros cinco años. El caso es que por fín nací yo y los tres nos fuimos directamente a vivir al piso de Móstoles. Calle Río Sella número ... cuarto A. Justo al lado del mesón en el que mi padre se tomaba alguna cervecita de más y que era uno de los principales motivos de discusión diaria entre mis progenitores. Pero la cultura del mesón estaba muy arraigada en nuestra vida. Mis dos abuelos paternos hacían uso y abuso del alcohol cada vez que les venía en gana. El problema es que como mi abuelo materno también lo hacía y mi abuela materna no bebía nunca alcohol la discusión ya en casa de mis abuelos maternos era también diaria cuando mi madre era pequeña. Eso desembocó en algo imposible de evitar, mi madre empezó a recitar de cinco a siete veces a la semana la frase... "Paco, le voy a poner una bomba al puto mesón". Efectivamente mi madre odia a la gente ebria. Como contraofensiva mi padre odiaba a la gente que no sabía divertirse, como mi madre y como la madre de mi madre. Para mi padre, mi abuela materna siempre fue una muy mala influencia para mi madre. De hecho toda la obsesión se mi padre era demostrar que si mi madre estaba enfadada ese, como muchos otros días era porque había hablado con mi abuela. La verdad es que mi madre hablaba a diario con mi abuela y con mis tías, sus tres hermanas. La verdad es que mi madre gastaba mucho del dinero que no teníamos en pagar a finales de los años 70 y principios de los 80 de 5000 a 10000 pesetas en facturas a telefónica que por aquel entonces tenía el monopolio de las telecomunicaciones en España. La verdad es que mi padre arrancó el teléfono y voló de un lado al otro del salón, un salón bastante bonito y espacioso con vistas al parque. Mi madre al día siguiente lo arregló y todo volvía a empezar como en la película "Atrapado en el tiempo".
Mi madre pasó una depresión posparto, bueno a veces dice que era una depresión post parto y otras que cuando iba al psicólogo yo no tenía nada que ver.
Hay cosas que a mí no me cuadran, mi madre por lo visto me perdió un día un segundo de vista y yo cogí sus pastillas de los nervios por lo visto eran de colores y parecían caramelos. Para que un niño haga eso tiene que al menos tener un año y eso que con un año aún están torpes. Ella siempre explica que tenía que tomar tantas pastillas de los nervios que para desengancharse de las pastillas tuvo que ir a un psicólogo, no sé, pero a mí eso no me suena a depresión postparto. Comprendo que lo estaban pasando mal y realmente así era. Una vez mi padre rompió una puerta. Es decir, de un puñetazo hundió la superficie de una puerta. Mi madre siempre que se lo recuerdo me dice que no era para tanto, que en realidad la puerta no era maciza. Yo actualmente pienso que si hubiese sido maciza probablemente no la hubiese golpeado... ¿o sí? No sé porque mi padre nunca ha sido de ponerse violento con otros hombres más fuerte que él. Sólo con mi madre o con mi hermano cuando era pequeño o con mi hija o conmigo, de modo que a veces pienso que no la hubiese golpeado de ser maciza y otras veces pienso que sí porque cuando mi padre se ciega, no conoce ni a su padre cuando pierde el control, como dice la canción de Serrat, ni recuerdan que en el mundo hay niños. De modo que como también dice la canción de Serrat, "entre esos tipos y yo hay algo personal".
A mí de bien pequeña me dió por morder. Tampoco está muy claro porqué lo hacía. Mi madre dice que yo mordía porque una vecina mía, Nuria, me mordió cuando yo aún estaba en el parque ese en el que se pone a los niños cuando aún no saben andar. Otras veces, dice que yo empecé a morder porque lo aprendí en la primera guardería de la que me tuvo que sacar porque dice que la maestra decía que me pegaba. Creo que a mi madre le decía que había sido mala y que me había tenido que pegar. Redondel era una guardería mejor de la que yo guardo buenos recuerdos. Debía ser buena porque el caso es que un día de lucidez mental mi madre me contó que la maestra, Virtudes, le preguntó que si teníamos algún problema en casa, que me notaba como mal. Ella le dijo que no. Ya ves... no se lo decía a nadie, cuanto más a la maestra de su hija. Y es que como si por casualidad fuera la cosa, mi madre se llevaba mal con gran parte de su familia política, es decir, la de mi padre. Digo casualidad porque al igual que mi madre era abstemia como mi abuela, mi abuela no se hablaba con gran parte de la familia de mi abuelo. Decía que eran como los gitanos.
Yo una vez me quemé, me refiero en ese cinco primeros años. Tenía mucho frío y mi madre de dejó puesta la típica vieja estufa que se parecía a las antenas parabólicas. El caso es que aunque me dijo que no me acercara, yo me di cuenta de que si arrimaba el culillo se me calentaba más que si no lo arrimaba, de modo que arrimé el culillo y el babi. Debió ser que la resistencia entró en contacto con la tela y se me prendió fuego la ropa. Menos mal que llevaba unos leotardos de algodón bajo el chandal de poliester y en lugar de pegárseme al cuerpo, se me pegó al chandal. Sólo un pequeño agujero que tenía el leotardo hizo que me quedara una pequeña quemadura, como de tres centímetros. Lo curioso es que mi madre me lo apagó con las manos, por lo tanto instinto tiene. Yo tenía mucho miedo de que se asustara de modo que cuando vi que yo misma estaba ardiendo le dije: mamá ven y ella me contestó... ya voy cariño. Yo volví a decir: mamá ven corre. Pero nada de gritar, claro y finalmente ante la urgencia ya le dije: mamá fuego. Y así llegó mi madre y me apagó.
Recuerdo las quemaduras de las manos de mi madre y como ella a través del tiempo en lugar de quitarle importancia me las enseñaba y se enorgullecía de su proeza. La verdad es que lo entiendo. No sé otro día contaré lo de su embarazo extrauterino y lo de la amenaza de aborto de mi hermano con la pelea de mi tía Chelo. Ahora me tengo que ir con mi hija que me llama. Si hay algún lector espero que haya disfrutado y gracias por leerme.